fbpx
Texto
Para Lucas, el evangelio es una persona real, Jesucristo, no una lista de credos y doctrinas.

Lucas comienza su relato con una oración griega extensa y elaborada. Hay tantos detalles en su introducción, que podríamos pasar horas descubriendo el profundo significado que tiene para la humanidad.

Por aquellos años, aproximadamente 60 d.C., ya circulaban entre las iglesias varios relatos sobre la vida de Jesucristo, entre los cuales se destacan el de Marcos y el de Mateo.

Estos documentos garantizaban que "la historia de las cosas que habían ocurrido entre ellos sean ciertísimas", porque contenían el testimonio personal de quienes vieron el cielo abierto y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre él (Juan 1:51).

Leer más

Ellos caminaron con el Señor, lo vieron hacer milagros sorprendentes, lo oyeron rogar al Padre por el perdón de los hombres antes de morir, y lo tocaron con sus propias manos, cuando el Señor se presentó vivo ante ellos, tras su resurrección.

De ahí que Juan, haciéndose eco de estos documentos, en su primera epístola, dice: "Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado y lo que han tocado nuestras manos, esto les escribimos acerca del Verbo de vida" (1 Juan 1:1-2).

Y como si esto fuera poco, el Espíritu Santo inquietó a Lucas para escribir un tercer relato, que incluiría otras historias y más detalles complementarios que se utilizarían para la evangelización del mundo y la edificación de los discípulos.

Lucas era consciente que tanto su impulso por escribir, como los testimonios que pasaría a tinta sobre los rollos que había preparado, eran de inspiración divina.

Lucas sentía el peso de su llamado y la responsabilidad de ser un hombre de Dios.

Estaba claro, que si iba a escribir sobre la "buena noticia del Salvador del mundo", debía ser algo contundente y que expresara la verdad de los hechos tal cual ocurrieron, sin dejar nada afuera que el Espíritu quisiera contar y en el debido orden.

Todo este tiempo Lucas había experimentado la amorosa guía sobrenatural del Espíritu Santo, mostrándole los testimonios que debía recopilar y los hechos que debía narrar, pero con la libertad de utilizar sus propias palabras y vocabulario.

De todos los escritores del Nuevo Testamento, Lucas escribe el griego koiné más correcto y pulido gramaticalmente, con la posible excepción del autor de Hebreos.

Entrevistó personalmente a María, la madre de Jesús, a sus hermanos, hermanas, a los doce apóstoles, y a muchos de los discípulos que estuvieron entre los setenta que envió Jesús a predicar, incluyendo a los que se reunieron en el aposento alto para darle la bienvenida al Espíritu Santo, que eran como ciento veinte.

También habló con la gente del pueblo, los que habían sido paralíticos, cojos, ciegos, sordos, leprosos y endemoniados, pero que un día Jesús se cruzó en sus caminos, y por amor, se acercó a ellos para liberarlos de sus enfermedades y opresiones.

Al momento de comenzar a escribir, probablemente tenía sobre su escritorio una copia del evangelio de Marcos, que fue el primero en ser publicado y otra del evangelio de Mateo, dos autores a quienes Lucas amaba y conocía personalmente.

Él utilizó sus escritos sagrados como una fuente de referencia confiable, juntamente con todos sus apuntes obtenidos en las entrevistas y durante sus viajes misioneros con Pablo, apóstol de Jesucristo.

Esto indica que no solo obtuvo información de terceros, sino que además presenció y vio con sus propios ojos el poder de Dios en acción, por la fe en Jesucristo.

Junto a sus compañeros de misiones, Silas y Timoteo, vio a los muertos abrir sus ojos como si despertaran de un sueño, a los paralíticos levantarse de un salto y comenzar a bailar, a los ciegos caer de rodillas con lágrimas en los ojos, describiendo el azul del cielo y a los demonios más temibles echándose a correr de espanto al verlos entrar a la ciudad y comenzar a anunciar el nombre de Jesús, con señales y prodigios.

Para Lucas, el evangelio es una persona real, Jesucristo, no una lista de credos y doctrinas contenciosas que no hacen más que dividir y perjudicar a los creyentes.

Y esto lo aprendió viajando con Pablo, porque lo mismo le dijo a Timoteo: "Recuérdales esto, encargándoles solemnemente en la presencia de Dios, que no discutan sobre palabras, lo cual para nada aprovecha y lleva a los oyentes a la ruina". (2 Timoteo 2:14).

El destinatario de sus dos obras –El Evangelio de Lucas y Hechos de los Apóstoles–, es un hombre llamado Teófilo, que significa "amado de Dios", y probablemente era alguien importante, porque lo llama "excelentísimo", un título de honor y respeto del primer siglo, propio de un funcionario regional romano.

Es interesante notar que Lucas hace todo este trabajo con la humildad y la obediencia que caracteriza a un hombre de Dios, porque difícilmente alguien se dedique a escribir dos obras de semejante importancia, en las que trabajó escribiendo y recopilando durante muchos años, para enviárselas a una sola persona.

Algunos dicen que tal vez Teófilo era su mecenas literario y le pagó para hacer las dos obras, pero difícilmente ese haya sido el motivo, porque el mismo Lucas explica su propósito al finalizar su oración, diciendo: "para que conozcas la seguridad de las cosas en las cuales has sido enseñado".

¿Será que el Espíritu Santo utilizaría tanto esfuerzo, recursos e inspiración divina para afirmar la fe de un sólo hombre? La respuesta es muy sencilla: sí, porque Dios es amor, y cuando ama, Él hace este tipo de cosas; y de hecho es muy sugestivo que el mismo nombre de Teófilo, que significa "amado de Dios", confirme este hecho.

Nuestro querido Lucas fue inspirado por el Espíritu Santo para hacer este trabajo, y el Señor no pudo haber elegido a un candidato mejor para cumplir su propósito; y gracias a su amor, humildad y obediencia a la palabra, hoy todos podemos disfrutar de sus obras y conocer mejor y con más detalles fidedignos a nuestro amado Salvador.

Lee el estudio completo en El prefacio de Lucas